Historia de la Isla de Madeira

Cuando el Infante Don Enrique, también conocido como Enrique el Navegante, reunió a los mejores cartógrafos y navegantes de Portugal a comienzos del siglo XV, su plan era acrecentar los conocimientos sobre la costa occidental de África. Armados solo con unos navíos de velas cuadradas, una brújula, un reloj de arena y un astrolabio, los primeros capitanes de barco no tenían muchas ventajas para realizar sus descubrimientos. Pero en el curso de sus aventuras, en el albor de la historia marítima portuguesa, la suerte trajo muchas más riquezas que la ciencia y la lógica pura.

Dos jóvenes capitanes, João Gonçalves Zarco y Tristão Vaz Teixeira fueron desviados de su ruta por los vientos cerca de la costa africana y tras muchos días de travesía encontraron una pequeña isla que bautizaron como Porto Santo, el primero de los muchos descubrimientos realizados por la escuela de navegación del Príncipe Enrique. Al regresar e informar a su monarca del hecho, se les ordenó volver y colonizar la isla. Corría el año 1419.

Las arenas doradas de Porto Santo son tan seductoras que parece increíble que los descubridores de Madeira tardaran un año más en descubrir la isla de al lado. Ya los capitanes habían informado de una gran masa de nubes visibles en el horizonte, al sur, pero solo ahora se atrevieron a explorar este tenebroso cúmulo. Dado que las teorías sobre la redondez del mundo aún no estaban del todo asentadas, dar ese salto supuso un gran golpe de fe.

A medida que se iban aproximando, las enormes olas del Atlántico que rompían en la costa norte y las turbulencias de las corrientes en la Ponta de São Lourenço no le facilitaron el trabajo a los supersticiosos marinos. Pero al virar el cabo, descubrieron la Bahía de Machico, el umbral de la frondosa isla que bautizaron como Madeira. Enrique el Navegante organizó de inmediato la colonización de la isla, trasladando las primeras familias desde la región portuguesa del Algarve.

Hoy, la estatua de Zarco observa a los descendientes de los primeros colonizadores mientras navegan en la esquina frente al Banco de Portugal, en el centro de Funchal. Dado que las colonias portuguesas de ultramar ya no existen, el significado relativo de este primer descubrimiento ha ganado importancia. Encontrar una aguja en un pajar puede ser difícil, pero encontrar Porto Santo en medio de una tormenta en el Atlántico fue todo un premio y una suerte.
 
 
 
 

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