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Levadas

Estas acequias no son solo propias de Madeira, lo que las hace únicas es su accesibilidad y extensión. Ha de salir un poco de las carreteras principales para comenzar a apreciar el sinfín de acueductos por su belleza, por su perfecto diseño y por el valor y la determinación que se precisó para llevar a cabo el concepto y que durara hasta nuestros días. El asombroso sistema de irrigación de la isla consta de 2150 km de canales, incluyendo 40 km de túneles... y el trabajo comenzó hace siglos.

Los primeros habitantes de la isla comenzaron a cultivar las faldas de las montañas del sur, construyendo terrazas (“poios” en portugués). Los constructores, que en ocasiones utilizaron mano de obra esclava o de presos, hicieron las primeras levadas pequeñas, que llevaban agua para regar sus tierras desde los manantiales en lo alto de las montañas. Estos estrechos cauces caían en picado monte abajo, levantando espuma con toda su energía. Sus riberas muy a menudo están repletas de flores salvajes.

A comienzos del siglo XX existían unas 200 levadas, que recorrían unos 1000 km. Muchas eran privadas y la apropiación indebida del agua significaba que el activo más valioso de la isla estaba a menudo muy mal distribuido. De hecho, a mitad de los años 30 solo dos tercios de la tierra fértil de Madeira estaba cultivada y solo la mitad, irrigada. Solamente el Estado poseía los fondos necesarios para poner en práctica un programa de construcción lo suficientemente importante y la autoridad para hacer cumplir un sistema de distribución más equitativo.

Había muchísima agua para regadío y torrentes para generar energía. La cordillera central atrapa las nubes que pueblan la isla gracias a los predominantes vientos alisios y la lluvia cae en abundancia en el norte todo el año, mientras que la costa sur puede estar relativamente seca aproximadamente seis meses.